Founder's Column: Los fundamentos religiosos de la cultura

By Rev. R.J. Rushdoony

(Reimpreso de The One and the Many [Fairfax, VA: Thoburn Press, 1978], 371-375).

En 1954, Bernard Baruch halló que la mentalidad moderna evidenciaba cada vez más temores sobre el futuro. “En cualquier parte que miramos encontramos más evidencias de este pavor al colapso”1 Ninguna época carece de sus temores y problemas, pero, cuando los temores de una época exceden sus esperanzas y confianza, entonces esa cultura está en proceso de desintegración

Toda cultura es una religión exteriorizada, una fe encarnada en la vida y la acción. El resorte principal de cualquier cultura es su fe básica, sus creencias religiosas que sostienen sus esperanzas, acción y perspectivas. Cuando esa fe comienza a descomponerse, la cultura se descompone.

San Pablo mencionó el significado de la esperanza:

Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos (Romanos 8:24–25).

Pero aguardamos pacientemente por nuestra esperanza solo mientras tengamos fe en esa esperanza. Cuando perece la fe, la esperanza se desvanece.

Esto nos aclara la naturaleza de la creciente crisis interna de la Unión Soviética, entre la élite comunista. Tanto los estudiantes como los líderes comunistas están perdiendo la esperanza porque están desilusionados con el marxismo. La defección en 1969 de uno de los más prominentes escritores de la Unión Soviética dio evidencia de eso. Anatoly Kuznetsov abandonó la URSS, su madre, su hijo y su esposa, así como un puesto de abundancia y prominencia, para buscar asilo en Inglaterra, Para indicar la significación de esto para él, asumió un nuevo nombre: A. Anatol, para dar a entender una nueva vida. En su declaración pública, dijo:

Usted dirá que es difícil de entender. ¿Por qué un escritor cuyos libros se han vendido en millones de ejemplares, y que es extremadamente popular y al que le va bien en su propio país, de repente decide no retornar a ese país al que, además, ama?
Por la pérdida de la esperanza. Yo simplemente no podía vivir allí más. Este sentimiento es de alguna manera más fuerte que yo. Si me encontrara de nuevo en la Unión Soviética, me desquiciaría… Mientras era joven, seguía teniendo esperanzas de algo… Al final, yo sencillamente me he rendido… Llegué al extremo de que ya no podía escribir, no podía dormir, no podía respirar.2

El instinto de fuga es muy importante: ningún hombre en su sano juicio desea quedarse en un edificio que está ardiendo. Como resultado, muchos norteamericanos y europeos también buscan un país para huir: Canadá, Australia, Nueva Zelandia, Sudáfrica, todos esos y muchos más son citados, pero todo prueba ser parte de la misma conflagración general

No es de sorprender que el vuelo a la Luna en 1969 llamara tanta atención popular. Muchos de los comentarios fueron reveladores: “¡No hay vida ahí, pero tampoco hay disturbios!”.

Esta desilusión general está causada por el fracaso de la época de nutrir espiritualmente al hombre. La fe de la era moderna es el humanismo, una creencia religiosa en la suficiencia del hombre como su propio señor, su propia fuente de ley, su propio salvador. En lugar de Dios y Su ley y Palabra como medida de todas las cosas, el humanismo ha hecho al hombre la medida de la realidad.

El humanismo ha tenido cierto éxito, pues ha desplazado a la civilización cristiana; capturó una cultura existente y reclamó sus frutos como suyos propios. En términos del cristianismo ortodoxo el hombre está bajo la ley de Dios, y la única libertad del hombre es bajo la ley de Dios. Para el humanismo, el hombre no está bajo la ley, sino por encima o más allá de la ley como su propia fuente de ley. La libertad, en términos humanistas, es de la ley en particular, en la liberación de la ley de Dios. Como resultado, el humanismo erosiona con rapidez la cultura, en la medida en que las implicaciones del humanismo se desarrollan y maduran. El humanismo llama a una revolución perpetua porque como cada hombre tiene su propia ley y con la evolución produciendo nuevos logros en cada generación, la liberación del pasado es una necesidad. Pero esta revolución perpetua es a destrucción deliberada del capital de una civilización, y su consecuencia es el empobrecimiento final de todos.

“Una fe para que los hombres vivan por ella” es la necesidad y el imperativo de toda raza y nación. Esta fe debe darle un significado a la vida del hombre, a su pasado, presente y futuro. El hombre requiere un mundo de significación total, y el humanismo, cuando llega a florecer, le da en lugar de eso un mundo con una falta de sentido total. El cristianismo ortodoxo, con su fe en el Dios trino y en Su decreto predestinante soberano, es el único que provee esa significación total.

La Iglesia puede apartarse de esa fe solo al riesgo de su propia vida.

Si una religión está asilada de su mundo y confinada a su iglesia o templo, es irrelevante para ese mundo debido a que no es su fuerza motriz. La religión de una cultura es la fuerza motriz que gobierna la acción humana en cada esfera y se materializa en la vida, las instituciones, las esperanzas y sueños de esa sociedad.

El cristianismo ha dejado de ser la fuerza motriz de la sociedad. El cristianismo no solo ha tenido la oposición del humanismo, sino que también dentro de sus filas las falsas escatologías — el premilenialismo y el amilenialismo — han conducido a una retirada del mundo y a una negación de la victoria sobre él. Eso es rendir la cultura al enemigo.

Sin embargo, si la religión de una cultura no puede mantener el orden de las instituciones de sus sociedades, esa religión está liquidada.

La fe religiosa establecida o aceptada en una sociedad debe fortalecerla con el orden social necesario para hacer posibles el progreso y la comunicación. La cultura moderna, no obstante esta presenciando la erosión de la iglesia, el Estado, la escuela, la familia y todo lo demás por tanto es muy obvio que la fe humanista de la modernidad ya no provee una fe funcional para la sociedad. Por tanto, en este día y en este tiempo, el cristianismo, la religión más antigua del Occidente, es irrelevante; y el humanismo, la fe actual, está colapsando rápidamente. El humanismo en cualquiera de sus formas: marxista, fabiana, democrática, republicana, monárquica o la que sea, se halla en una descomposición radical y es incapaz de promover una cultura. El cristianismo, que en su formulación bíblica es una religión que llama al dominio mundial bajo las condiciones de Jesucristo, ahora no desea pensar en términos de dominio.  Schilder ha llamado la atención hacia los cristianos que creen que no tienen una tarea más grande que comer de las migajas que caen de las mesas culturales de los no regenerados.3 Los recogedores de migajas se conforman con dejar que el diablo intente establecer una cultura, pero se niegan a creer que Dios requiera eso de Su pueblo. La severa advertencia de un clérigo prominente contra todos los intentos de establecer una reforma cristiana con el objetivo de establecer una cultura cristiana es este: “¡Uno no pule el bronce de un barco que se esté hundiendo!”. Por supuesto que, si el mundo es un barco que se está hundiendo, entonces todo el pulir del bronce es inútil. Pero si el mundo está destinado a cumplir las profecías de Isaías y de toda la Escritura, y culminar en una gloriosa paz (Isaías 2:4) y en un reino gozoso de la ley y el orden cristianos, entonces los recogedores de migajas se están oponiendo a Jesucristo.

La cultura ha sido definida muy sencillamente como “el modo de vida de una sociedad”. Cuando ese modo de vida contempla la vida como carente de sentido, entonces la sociedad o se estanca y declina o colapsa. Contemplar la vida como carente de sentido es hacer de la muerte su “forma de vida”. Las sociedades orientales adoptaron filosofías de negación del mundo y de la vida; declararon que la nada y la carencia de sentido eran el final. La consecuencia para ellas fue el estancamiento y la conquista final por Occidente, primero por las fuerzas islámicas, y más tarde por las potencias cristianas. El lujo del estancamiento ya pasó; la marcha más rápida de la Historia le acarrea un juicio más rápido a los que caen. Como resultado, cuando la cultura — la forma de vida de la sociedad — es incapaz de darle orden ni significado a la vida, el destino es la muerte.

Por tanto, al enfrentarse al fin de una época, particularmente de una que merece morir, el cristiano debe una vez más reafirmar el cristianismo como una forma total de vida. Eso quiere decir que el cristiano y las iglesias son negligentes en su deber si no replantean  todas las áreas de la vida, pensamiento y acción en términos de la Escritura. Las escuelas cristianas son un excelente comienzo, pero a ninguna esfera del pensamiento debe permitírsele quedar fuera del dominio de Cristo. En la medida en que las iglesias y los cristianos prosigan su operación de recogida de migajas en vez de ejercer el dominio, en esa medida el mundo se revolcará en su propia descomposición y ruina antes que llegue la renovación.

Henry Van Til ha dado una apreciación certera del concepto de Schilder de Cristo como la clave de la cultura:

Como el cristiano es uno que participa de la unción de Cristo (Catecismo de Heidelberg, Día del Señor 12), su preocupación por la cultura es inexorable. Porque Cristo, debido a su unción, fue declarado heredero legítimo del primer Adán e investido como oficial de Dios para el día, para hacer la obra que nuestro primer padre no pudo hacer, es decir, glorificar a Dios en su obra.  Pero Cristo no solo fue investido de poder, sino que además fue capacitado por el Espíritu Santo. Su unción fue la garantía del éxito, pues vino para reconciliar todas las cosas con el Padre (Colosenses 1:20). En sí, Cristo no trajo nada nuevo, sino solamente restauró lo que era desde el principio, y realmente hace acontecer lo que Dios tenía planeado desde el inicio. Adán como alma viviente fue de veras el padre de la Humanidad, pero Cristo es el espíritu vivificador, que llama a los hombres a tener comunión con Él, y les transforma para llevar a cabo la obligación que le fue dada al primer Adán en la Creación. El postrero debe ser visto en primer lugar como un portador de la imagen y consecuentemente, como un apoderado de Dios, un servidor-hijo que, como profeta, sacerdote y rey ha recibido el mandato cultural de cultivar la tierra, llenar la tierra y ejercer dominio sobre ella. Para el hombre esto era el servicio a Dios, la verdadera religión. Ese era el orden cósmico original, en el cual la idea de la vocación, de ser encomendado y llamado era determinante para la naturaleza de la cultura.
Pero el hombre se rebeló y negó su relación con el Padre, convirtiéndose en aliado del enemigo de Dios, el Diablo. Como parte del mundo creado de la Naturaleza, el hombre tenía sentido y conciencia, era tanto la carta como el lector (intérprete) del libro de Dios. Estaba llamado a cultivar la buena tierra y a hacer expresarse a lo que estaba implícito, al a realización lo que estaba latente y así ser un colaborador de Dios, el Creador. Porque aunque Dios dijo que su Creación era buena, no era un producto terminado; tenía que haber una evolución y un desarrollo inducidos por la actividad cultural del hombre. Y solo de esta forma el Sábat del descanso eterno de Dios comenzaría.4

Mientras no haya una Reconstrucción Cristiana, seguirá habiendo una declinación y una descomposición radicales.


1. Bernard M. Baruch, A Philosophy for Our Time (Una filosofía de nuestro tiempo). New York: Simon and Schuster, 1954, 4.

2. “I Could No Longer Breathe” (“Ya no podía respirar”) Time, 8  de agosto de 1969, 30.

3. John Vriend, “Christ and Culture.”  (“Cristo y la cultura”) Review of Christus en Cultuur por K. Schilder. Torch and Trumpet 1, no. 1 (Abril/mayo de 1951): 11.

4. Henry R. Van Til, The Calvinistic Concept of Culture  (El concepto calvinista de la cultura) Philadelphia: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1959, 138.

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