Reseña de El mundo sin nosotros

By Lee Duigon

Todos los que me aborrecen aman la muerte. — Proverbios 8:36

Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte. —Proverbios 14:12

El Estado moderno está agonizando. Su fe humanista está colapsando. La ciencia y la educación no han podido sustituir la gracia, y su eficacia e integridad son ahora cuestionables. —R. J. Rushdoony[1]

He aquí, al fin, el libro que expresa el deseo suicida que se oculta en el fondo del humanismo.

En apariencia, Weismann solo está describiendo lo que sucedería a las obras del hombre si la raza humana desapareciera de repente. Obviamente, nuestras casas, ciudades, granjas, fábricas, etc., tarde o temprano se deteriorarían, al no haber personas que las mantuvieran. No necesitamos que nadie nos diga esto. Que el libro contenga tal información no justifica su aparición en la lista de éxitos de librería del New York Times.

Por interesante que algo de eso pudiera parecer, lo que hace al libro tener éxito es pura morbosidad. Desde la tapa hasta la contratapa es una fantasía de muerte; no sólo la muerte suya, ni la mía, ni la del autor, sino la de todos. Los seis mil millones de personas: ¡paf!

El resultado es uno de los libros más intensamente anticristianos, malignos y perversos que yo haya leído.

Los frutos del humanismo

Poco después que el tsunami del 25 de diciembre de 2004 diera muerte a unas 150 000 personas que habitaban las costas del Océano Índico, la Associated Press reportó que algunos “ambientalistas” sobre el terreno creían que el resultado era… bueno, de lo mejor. Al desaparecer toda aquella gente mugrienta, no quedaban más que playas prístinas. Esa actitud es la que ilustra las reflexiones de  Weismann sobre “el Edén antes que nosotros estuviéramos aquí” (p. 4) y la “pureza pre-industrial” (p. 40). Para no decir nada de observaciones como “el planeta viviente sufre de una fiebre alta y… nosotros somos el virus”. (p. 168).

Weismann no puede evitar vernos como gérmenes. He aquí su cosmovisión resumida: “En la época en que la mezcla primaria de la superficie del planeta era bombardeada por la radiación ultravioleta directa desde el sol, en algún instante primitivo (quizás catalizado por un rayo) se aglutinó la primera mezcla biológica de moléculas” (p.203). Esto condujo finalmente a “la divergencia de los humanos de los otros primates” (p.33); “la evolución humana… a través de etapas transitorias que llevaron a los homínidos del Australopithecus al Homo habilis, erectus, y finalmente, sapiens”. (p. 43).

No hay Dios aquí, no hay Creador: solo una cadena de eventos fortuitos, y no somos más que uno de los tantos productos de ellos.

Hablemos con franqueza. Si la cosmovisión de Weismann es correcta, entonces no hay Dios, la Biblia es una mentira, y somos “los más dignos de conmiseración de todos los hombres ” (1 Corintios 15:19) por creer cualquiera de esas cosas.

Nuestro Señor nos dice que juzguemos a los hombres, y a las ideas, por sus frutos: “Así que, por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:20). “Mas el fruto del Espíritu”, dice San Pablo, “ es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley” (Gálatas 5:22-23).

Como proclama el libro de Mr. Weismann tan forzadamente, si es que lo hace sin intención, el fruto de la cosmovisión secularista es desesperanza, misantropía y muerte.

¡Supere eso!

A todos nos es conocido el tipo de romanticismo que se fascina por imágenes de ruina y desolación. Apareció a principios del siglo 19 con poemas y pinturas de abadías ruinosas y palacios abandonados, y floreció completamente en el 20, con películas del fin del mundo como El último hombre en la Tierra (The Last Man on Earth) y novelas como la de Stephen King, The Stand. Ya en estos momentos ha saturado nuestra cultura popular.

Muchos de nosotros, especialmente de jóvenes, hemos caído en fantasías semejantes. ¿Qué pasaría si yo tuviera toda la ciudad de Nueva York para mí solo? Esas fantasías son especialmente atractivas durante las rachas de autocompasión o petulancia: cuando uno está atascado en un embotellamiento del tránsito, por ejemplo, o bombardeado por la música rap de un vecino

Pero nosotros crecemos y superamos eso… a menos que seamos humanistas empedernidos que creamos que en realidad el mundo sería un “Edén” sin nosotros.

“Donde la desesperanza con relación a la Historia prevalece”, escribió R. J. Rushdoony, “la cultura se enferma de sus logros y desprecia su madurez”[2]

No pueden evitarlo. Usted también se enfermaría y se aborrecería si creyera sinceramente que no es más que un mero accidente de la Naturaleza, estiércol en una pezuña, que está condenado, sin esperanza de salvación, sin forma de apelar a la misericordia ni justicia divina, sin más valor que los bichos aplastados contra el parabrisas de su auto. Mientras tanto, puede sentirse indignado y culpable ante cosas tales como “genocidio animal” y la “mega-masacre pleistocénica” (p. 66), la contaminación y la “exagerada cantidad de cuerpos humanos” que ahora agobian la Tierra (p. 189).

En está cosmovisión no hay Dios, ni tampoco la valiosa lógica. Si todos los seres vivientes, incluidos nosotros, son por igual el producto de un accidente cósmico ¿qué importancia tiene si una especie caza a otra hasta la extinción? La moralidad secular está basada en el consenso y la opinión, lo que quiere decir que no tiene una base real para nada.

Lo que vemos aquí es una especie de rabieta literaria. Si los ambientalistas radicales no pueden tener el tipo de mundo que quieren, les importa poco si la raza humana completa se convierte en humo.

¿Extinción voluntaria?

Levante la piel de un humanista y hallará a un misántropo. Si no, ¿de qué otra forma podríamos explicar el romance de los  humanistas con cosas como el aborto, la eutanasia, el “derecho” al suicidio, la sodomía, todas ellas centradas en la muerte? Pero si usted odia a Dios, usted odiará a Su creación, en especial al hombre, hecho a la imagen de Dios. Los humanistas odian a Dios porque Él está donde ellos quisieran estar, porque solo Él posee la autonomía absoluta que ellos codician y que El nunca les va a conceder.

El mundo sin nosotros está atiborrado de evidencia que prueba el odio de los humanistas hacia la Humanidad. El corazón de la tiniebla queda al desnudo en el capítulo 17, “¿Adónde vamos a partir de ahora?”.

Weismann comienza con un discurso de lo que sucede a los cuerpos humanos embalsamados y sepultados. Parece que ni los mejores esfuerzos de la ciencia funeral pueden impedir que los cuerpos se degraden a “sopa humana” (p. 238). Eso continúa durante cuatro páginas, contándonos más de lo que quisiéramos saber sobre el asunto. Juzgue usted por qué alguien va a querer escribir tales cosas.

Eso lo conduce a preguntar qué causaría una extinción humana total. Después de todo, incluso las peores epidemias y las peores guerras dejan sobrevivientes.

Aquí se nos presenta a Lee Knight, fundador del Movimiento de Extinción Voluntaria Humana (VHEMT). Si puede soportarlo, visite su sitio web www.vhemt.org.

Eso es misantropía con venganza. “Tenemos demasiados reproductores” dice Knight (p. 242). El lema de su organización es “Que vivamos mucho y nos extingamos”. “El VHEMT propone que se ponga a descansar con delicadeza a la raza humana”, explica Weismann (p. 242).

La manera de lograr esto, dicen esos archi-humanistas, es sencillamente poner fin a la reproducción: no más bebés, nunca jamás. Knight y Weismann ven esto como una especie de pensión de retiro, una muy buena. Dice Knight: “Los últimos seres humanos podrían disfrutar de sus postreras puestas de sol en paz, sabiendo que han hecho volver al planeta lo más cerca posible al Jardín de Edén” (p. 243).

¿Estoy equivocado en algo, o eso es puro egoísmo, elevando a la n potencia? Knight y Weismann entonan un canto de sirena de cuán maravilloso será para los sobrevivientes disfrutar de una porción cada vez mayor de las riquezas y belleza de la Tierra a medida que la “competencia”, es decir, la raza humana, disminuye hasta la extinción. La presunción aquí es que todos vamos a ser poetas y filósofos, holgazaneando en nuestros jardines mientras nos extinguimos calladamente. Pero para mí suena como si en realidad fuera una buena época para ser el último de los Ángeles Infernales. ¡Y el cielo le ayude si le da un dolor de muelas después que todos los demás se hayan muerto!

Usen la lógica, por favor

¿Cómo es que gente que no cree en Dios ni en la Biblia siguen haciendo referencia al tema del Jardín de Edén? ¿No saben que Adán y Eva estaban también en el Jardín? Pero no debemos seguir esperando lógica de estas personas.

Las deficiencias intelectuales de Weismann se hacen más patentes cuando se las da de evolucionista. Claro que mayormente lo que hace es citar a otros evolucionistas, lo cual solo significa que tiene muchos acompañantes en su desatino. Peor aún: esos personajes no parecen comprender la teoría que con tanto entusiasmo exponen.

Para hacer que su teoría funcione, tienen que imaginarse un animal que todavía no se ha descubierto en el registro fósil: “Pan prior”, un proto-chimpancé que “vivió” hace tres millones de años. Después de imaginarse a esta criatura, pasan a discutirla como si fuera real. Es como si fueran niños que dibujaran un mapa con las indicaciones para hallar un tesoro enterrado y luego salieran con palas en la mano, esperando encontrarlo.

“Después de un millón de años caminando en dos patas”, escribe Weismann sobre el imaginario chimpancé, “sus patas se habían alargado y sus dedos gordos opuestos se habían acortado”.

¡Vaya! ¿Alguien se quedó dormido el curso entero de ciencias generales en el preuniversitario? Usted desarrollará lo que tiene en el código genético. Generación tras generación de seres humanos pueden batir los brazos en vano: esos brazos nunca “evolucionarán” para llegar a ser alas.

Weismann habla con desparpajo de la evolución lineal y progresiva de los diversos tipos humanos, en que un modelo sucede a otro, siempre con mejoras: “… cuando el Australopithecus estaba convirtiéndose en el Homo” (p. 48) y así sucesivamente. ¿Acaso no sabe que el Homo erectus, en el registro fósil se ha encontrado solapado con el Homo habilis, el cual supuestamente le dio origen, y con el Homo sapiens, al cual supuestamente originó? Pero no debemos dejar que unos pocos descubrimientos se nos atraviesen en el camino de una buena teoría. Además, tendríamos que botar todos esos gráficos tan primorosos que muestran el desfile evolutivo de los diversos hombres de las cavernas.

La solución de Weisman

Hacia el final del libro Weismann llega a recomendar lo que debemos hacer para evitar la extinción: “La solución inteligente… sería por lo tanto limitar a cada hembra humana sobre la Tierra, que sea capaz de dar a luz hijos, a uno solo” (p. 272). Eso reduciría la población mundial al 50 por ciento  en cada generación subsiguiente. Como un estímulo adicional, el remanente de la Humanidad conocería “el gozo creciente de observar el mundo hacerse más maravilloso cada día”. (p.273).

No se hace mención de los medios por los cuales un programa así pudiera ser llevado a cabo. ¿Cómo aseguramos esto para “ cada hembra humana sobre la Tierra, que sea capaz de dar a luz hijos”?  ¿Cuál sería la pena por un segundo embarazo, un aborto obligatorio? ¿O serían esterilizados esos millones de mujeres después de dar a luz un hijo? ¿Cómo se pagaría esto y quién lo pagaría? ¿Y qué hay de los críticos disidentes y objetores? ¿Y cómo se aseguraría el cumplimiento de la ley en casi 200 países diferentes?

Weisamn no lo dice, pero tampoco tiene que decirlo. La única forma de llevar a cabo su visión sería mediante una coacción como el mundo jamás ha conocido, administrada por el falso dios de los humanistas, el Estado. En ese caso, un Estado mundial sería necesario.

Pero como dijo alguien una vez, parece un precio pequeño por tener playas prístinas.

Conclusión

Apenas necesita decirse que no estamos tratando de defender la contaminación, la sobrepesca, la liberación de desechos tóxicos en el suministro de agua, ni ninguna de los cientos de otras fechorías ambientales que universalmente se consideran malas. Eso son asuntos serios que deben ser controlados y están siendo controlados.

Pero nos oponemos al alarmismo ambiental basado en el ateísmo, la ciencia distorsionada, y un odio visceral a la Humanidad que se usan para asustar a la gente y que se sometan a la tiranía global. Eso es precisamente lo que buscan y siempre han buscado los humanista. Después de rechazar al Dios verdadero, lo reemplazan con un Estado todopoderoso dirigido por élites auto-consagradas, es decir, por ellos.

Y ¿qué tienen para ofrecer ellos en lugar del amor de Dios, de la misericordia de Dios, de la sabiduría perfecta de Dios, la ley de Dios, la salvación y Su promesa de vida eterna para nosotros?

¡La muerte eterna! Si no es la extinción de la raza humana entera, al menos entonces la extinción individual de todos y cada uno de nosotros.

Lejos de ser una carga para la tierra, los seres humanos espiritualmente regenerados son parte del plan de Dios para regenerar toda Su creación, como explica Pablo en Romanos 8:18-22:

“Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.

“Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios.

“Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza

“porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

“Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora.

Dios nos creó y somos importantes para Él; tan importantes, que envió a Su Hijo unigénito a la tierra en la carne, para que naciera como uno de nosotros, viviera como uno de nosotros, cumpliera la ley por nosotros y expiara nuestros pecados muriendo en la cruz. Decir, como dicen Weismann y sus socios de la extinción voluntaria, que el mundo sería un “Edén” sin nosotros, es exactamente lo contrario a lo que la Biblia nos enseña. Dios quiere usarnos, no desecharnos.

Esperemos que el éxito del libro de Weismann se deba más a la curiosidad morbosa que a ninguna receptividad real y permanente de su mensaje. No obstante, es una buena cosa que haya sido publicado.

Mientras esté a la venta, usted nunca tendrá que recibir como buena nuestra afirmación de que los humanistas desprecian a la raza humana.


[1] R. J. Rushdoony, Sovereignty (Vallecito, CA: Ross House Books, 2007), 402.

[2] R. J. Rushdoony, Nobel Savages (Vallecito, CA: Ross House Books, 2005), 8.

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