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Una revision de The Divided States of America?

By Lee Duigon
September 01, 2007

La cruda realidad es que los Estados Unidos solo se han apartado de sus fundamentos cristianos en los años recientes. — R. J. Rushdoony1

Cuando se debaten aspectos de la vida pública, ninguna religión debe tener un puesto a la mesa. —Christopher Reeve2

Pero es posible afirmar y practicar la creencia en Dios mientras se practica simultáneamente una rigurosa separación de la Iglesia y el Estado. —Richard Land (p. 63)

Cuando un hombre razonablemente inteligente, movido por buenas intenciones, se permite pensamientos enturbiados y una retórica insincera, el resultado es a menudo un libro como el del Dr Land.

Presidente de la Comisión de Ética y Libertad Religiosa de la Convención Bautista del Sur, educado en Princeton y Oxford, el Dr Land tiene una vaga idea de que «el match de gritos de “Dios y la nación” entre los liberales y conservadores de los Estados Unidos debe cesar». Él no aclara bien por qué debe cesar, y su fórmula para hacerlo cesar está en el mejor de los casos medio cruda, y en el peor, es ininteligible.

Leer este libro es como ver a alguien construir una casa que obviamente va a caerse antes de que se concluya, pero que uno no pueda decidir qué defecto señalarle primero.

La casa del Dr Land temblequea por todas partes, probablemente debido a que los clavos que él está usando para apuntalarla son ideas que no tienen sustancia.

¿Por qué detener los gritos?

Land disfruta de frecuentes oportunidades de ser el orador principal en televisión y de escribir para publicaciones como Newsweek The Washington Post. Para algunos cristianos eso sería el equivalente a un combate de una sola vez en el Coliseo de Roma, pero Land ha prosperado como un cristiano nominal, y sospechamos que no quiere perder su puesto. Él quiere ponerse de pie por Jesús, pero no quiere mover el bote.

«El problema de los desagradables intercambios de gritos», escribe (p. 5), «es que al final son aburridos… El más inteligente inevitablemente baja el volumen retirándose». El ruido oscurece un problema más importante, dice él, que es responder a la pregunta: «¿Qué tiene que ver Dios con los Estados Unidos?» (p. 14).

«Estoy seriamente interesado en proponer una forma adecuada y fructífera de responder a esta pregunta», dice Land (p. 15), «porque el futuro de nuestra nación estará determinado por la forma en que cada uno de nosotros la responda». Él no quiere que el match de gritos «ocupe el lugar de la clase de reforma moral y espiritual que necesitamos tan desesperadamente» (p. 15).

Los pensadores cristianos más serios estarán de acuerdo en que necesitamos una reforma, pero Land cree que podemos tener una solo si el gobierno adopta la posición imposible de la neutralidad religiosa y «acomoda» todas y cada una de las creencias que tenga un apoyo público detectable. El clavo que él usa para asegurar esto es la «separación de la Iglesia y el Estado», un dogma que no aparece en ninguna parte de la Constitución ni en ningún otro documento de la fundación de los Estados Unidos, y que describe una cosa que no existe en ninguna parte del mundo real.

O, como expresara el senador Joseph Lieberman en su introducción al libro: «Todo el mundo, dice, [Land] tiene la responsabilidad de incluir a gente de todas las fes —o sin fe— en nuestro diálogo nacional» (p. x).

¿Qué quiere decir?

¿Qué quiere decir Land con «separación de la Iglesia y el Estado»?

Primero critica a los liberales por creer que esa separación no se aplica a ellos, pero más adelante les concede licencia para dictar la política pública. Luego critica a los conservadores por convertir al patriotismo en una especie de idolatría. No es original, pero es un buen razonamiento. Pero por cada razonamiento bueno que ofrece, el lector debe abrirse paso entre nubes de bazofia verbal como esta:

«Aunque es cierto que los Estados Unidos no fueron fundados como una nación cristiana…» (p. 32). ¡Bravo! Uno no puede decir así simplemente que una cosa como esa es «cierta» y esperar que nadie lo ponga en duda. Pero eso es lo que el Dr Land hace, pues nunca trata de demostrar su afirmación.

Ofrece un discurso sobre la necesidad de «un equilibrio entre la moralidad religiosa y la virtud pública…» (p. 33). ¿De qué rayos está hablando? ¿Qué tipo de comportamiento sería moral desde el punto de vista religioso, pero no públicamente virtuoso?

«¿Qué tiene que ver Dios con los Estados Unidos? Bueno, no mucho… pero sí mucho más que lo que creen los liberales y mucho menos que lo que puedan asumir los conservadores» (p. 15) O «Eso no quiere decir que Dios lo abarque todo en los Estados Unidos» (p. 34). Cualquiera podría decir que el Dr Land está tratando de limitar la autoridad de Dios.

«Si el público está de acuerdo», entonces se puede dejar que la fe prevalezca en una discusión de la política pública (p. 130); lo cual significa que, para Land, la «democracia» es la carta de triunfo. La única razón por la que excluir a la religión del forum público es erróneo es porque la gran mayoría de los norteamericanos quieren que la religión juegue un papel en la vida pública. Podemos imaginarnos lo que él diría si la mayoría votara por ilegalizar al cristianismo. (Y eso ya no es tan difícil de imaginar como antes, teniendo en cuenta los diversos proyectos de ley sobre expresiones de odio que están pendientes en el Congreso y algunas legislaturas estatales en estos días).

«Ahora bien, la otra cara de la moneda es que nadie tiene derecho a decir: “Tenemos que hacer esto porque la Biblia lo dice”» (p. 174).

A menudo uno se lleva la impresión de que el Dr Land en ocasiones no piensa en lo que escribe. Su pensamiento divaga y es difícil entender lo que quiere decir con «separación de la Iglesia y el Estado» o cualquier otra cosa. A veces es una «pluralidad máxima de expresiones religiosas en la plaza pública» (p. 34) — algo que suena como si se pudiera convertir fácilmente en un match de gritos. O es la obligación del estado de «evitar violar los derechos de los demás que no son creyentes al colocarse el gobierno del lado de la religión a expensas de la no-religión» (p.43). En los restantes lugares es una separación que es necesaria para proteger la Iglesia del Estado (p. 118).

Land parece preocupado porque si el gobierno no se pliega para acomodar la incredulidad, la alternativa sería la Inquisición española. Pero no quiere que la religión sea excluida de la vida pública. «El debate se ha vuelto desagradable porque una minoría secular… quiere eliminar toda evidencia de religión de la vida pública norteamericana», escribe (p. 131).

Lo que el Dr Land no entiende es que cualquier búsqueda de una quimérica neutralidad religiosa inevitablemente conducirá a la exclusión de la religión cristiana. No se puede estar bien con Dios y con el diablo.

¿Qué saldrá de ese crisol?

Sería injusto comparar este libro con una masa de pastas cocinadas en exceso y dejarlo ahí. Pero  ¿qué otra cosa podríamos hacer con divagaciones como la que sigue?

«Los Estados Unidos son un crisol de religiones» (p. 232-233) donde no se favorece a ninguna fe en particular más que a otra». ¿Qué quiere decir eso? Donde una «religión civil» compite con Dios Salve a América y los servicios interconfesionales edulcorados, quiere decir que es «meramente la forma en que la sociedad acomoda la religión en general [¿Religión en general? ¿Existe eso?]

¡Un poco de lógica, por favor! De la única forma en que todos los sistemas de creencias pueden ser «iguales» es si todos están igualmente equivocados. Uno no puede poner al cristianismo, el judaísmo, el Islam, el budismo y el ateísmo en un «crisol» y esperar que salga otra cosa que no sea un potaje sin sentido. Es como tratar de pintar con todos sus creyones al mismo tiempo: siempre sale negro.

En el debate público de los diversos temas, los cristianos tienen que expresar los argumentos morales en términos no bíblicos (p. 234), o nadie les escucharía.

¿Tenemos que pretender que tomamos nuestras normas morales de alguna otra fuente? Si nuestros argumentos no se derivan de la Palabra de Dios ¿qué es lo que los hace mejores que los de los demás? Pero esa es la razón por la cual los «conservadores» siempre pierden el debate sobre los «asuntos sociales» como el «matrimonio» homosexual. Pretender que los asuntos religiosos no son asuntos religiosos siempre hace reír al diablo.

Y entonces tenemos su «Modesta proposición para incluir la religión en las escuelas públicas» (Apéndice A). Las escuelas, dice él, deberían permitir expresiones religiosas variadas siempre y cuando sean iniciativa de los alumnos y dirigidas por los alumnos. Eso debe basarse en la demografía religiosa del distrito escolar.

«Si el cuerpo estudiantil es 40 por ciento católico, 40 por ciento protestante, 10 por ciento judío y 10 por ciento de otras religiones o sin religión,», escribe (p.246), «las oportunidades deben ser concedidas en consecuencia. ¿Quiere decir eso que los estudiantes estarían expuestos… a la invocación de las bendiciones de la diosa de la tierra Gaia  [sic] por parte de un compañero de estudios? Sí, si los seguidores de esa “deidad” particular estuvieran presentes en el cuerpo estudiantil  y desearan invocarla. ¿Podría ser que los estudiantes fueran expuestos a un breve discurso de un compañero sobre su falta de creencia en Dios? Sí, si los estudiantes de creencia atea [sic] se prestara a ser incluidos». Posiblemente las autoridades escolares sean capaces de insertar esto entre los talleres de transexualismo y sodomía.

Por supuesto que Land, el plan de Land sea víctima de lo que R. J. Rushdoony llama «la supremacía de del mínimo común denominador». «Se puede demostrar con exactitud» dice Rushdoony, «que si cualquier parte del Estado tiene el derecho de excluir de las escuelas públicas cualquier cosa que considere que no es cierta, entonces el que cree deberá ceder ante el que no cree absolutamente nada, sin importar cuán pequeña minoría sean los ateos y agnósticos».3

Rushdoony está hablando de la exclusión, pero el principio es válido también para la inclusión. Esto lo vimos recientemente en la convocatoria llevada a cabo en la Virginia Tech a raíz del asesinato colectivo perpetrado allí el 16 de abril. Fue tan «inclusiva» como para dar cabida a aun imán musulmán, a un rabino, a un budista y a cualquiera, pero no hubo espacio en la ceremonia para el nombre de Jesucristo. ¡Seguro que más del 40 por ciento de las personas que asistían eran por lo menos cristianos profesantes! De alguna forma, la «inclusión» siempre se las arregla para dejar fuera a Jesús.

Ignorancia premeditada

Lo peor del libro del Dr Land es su falta de sinceridad. Land está tan ansioso de incluir, con la esperanza de que él también será incluido, que juega libremente con los hechos. Su reiterada declaración de que los Estados Unidos no fueron fundados como una nación cristiana, por ejemplo, sencillamente no es cierta.

«Las colonias americanas eran todas repúblicas cristianas», escribe Rushdoony.4 «Querían tener la libertad de ser repúblicas cristianas de acuerdo con sus propias creencias bíblicas. Cada estado, al adoptarse la Constitución, era una república cristiana. Nueve de las trece colonias tenían una o más iglesias establecidas. El cristianismo como religión, antes que una iglesia en particular, era la fe establecida en los demás estados».5

Estos son hechos concretos de la Historia, pero Land prefiere ignorarlos. Si se pusiera a andar repitiendo cosas como esta podría perder su atractivo para Newsweek.

«¿Qué tiene de cristiana una Constitución que nunca menciona al cristianismo?», se pregunta Rushdoony.6 «La respuesta es: todo. En primer lugar, las leyes reflejan la ley moral cristiana, y el sistema de controles y balances refleja la desconfianza cristiana en el hombre como pecador. En segundo lugar, la Constitución se mantiene deliberadamente fuera del área de la religión porque reconocía que el cristianismo era ya la religión establecida de cada estado».

El Dr Land sabe esto, sólo que él simula no saberlo, simula ser «acomodaticio». Pero se le sale la verdad aquí y allá. Por ejemplo, en la página 76 dice que la creencia en Dios, el Dios bíblico, es la fuente de todas las libertades de los Estados Unidos y está «impresa en nuestro código genético nacional por la vía de la creencia judeocristiana».

En otra parte Land cita a Gregory S. Paul como autoridad en «La complicidad de un gran número de dirigentes eclesiásticos alemanes y feligreses ordinarios alemanes en el horror que transpiraba Alemania bajo el nacional-socialismo» (p.145). Esta discusión es informada en un artículo de Gregory Paul:7 «El gran escándalo: El papel del cristianismo en el ascenso de los nazis», en una publicación atea, la Free Inquiry Magazine (según la nota al pie de página de Land, p.44).

¿No sabe el Dr Land que el Sr Paul no es un historiador, ni un sociólogo; que no tiene credenciales en ningún campo, excepto que es meramente un ilustrador de libros sobre dinosaurios, un ateo con un hacha esgrimida contra el cristianismo?

Una estudiosa real del Tercer Reich, Karla Poewe, de la Universidad de Calgary, en su libro New Religions and the Nazis,(Las nuevas religiones y los nazis) refuta la mentira de que el cristianismo dio poder a los nazis. Pero no vemos el libro de Poewe en la bibliografía de Land. Los cristianos bíblicamente fieles de Alemania hicieron todo lo que pudieron, incluso sufrieron martirio, por oponerse a los nazis. Pero echarle la culpa al cristianismo por el nazismo siempre ha sido un método seguro de ganarse el favor de la Izquierda secular.

¡No hay arreglo!

Estamos de acuerdo, por supuesto, con algunos de los argumentos del Dr Land. Él comprende que el gobierno no puede hacer que la gente se convierta en buenos cristianos y que cualquier esfuerzo en ese sentido haría más mal que bien. De hecho, el demuestra ese argumento bastante efectivamente. Pero deja ver su inclinación a la «inclusión» con aquellos que sencillamente no la comparten y no ofrece medio por los cuales unas cosmovisiones diametralmente opuestas puedan ser llevadas a la coexistencia pacífica. El decir: «¿No podemos llevarnos todos bien?» nunca ha resuelto nada.

Él sabe que no es solo un banal match de gritos. Él sabe que lo que se está jugando es «un conflicto titánico de cosmovisiones» (p. 15).

¿Por qué la izquierda secular, solo con tal de «incluirnos» a nosotros los cristianos, renunciaría a su predominio en los medios de difusión, en las escuelas y universidades o en alguna otra parte? Land debería saber que ellos están dedicados, no a ninguna forma de inclusión, sino a una  hegemonía total: «Los fundamentalistas seculares», escribe, «no solo quieren un Estado secular; quieren una sociedad secular» (p. 146).

Los cristianos bíblicamente fieles no tienen sed de grandeza en las cosas de este mundo. Eso los pondría en desventaja en la arena política, contendiendo con aquellos para los cuales la adquisición del poder político es la perla de gran precio, que vale todo lo que les pidan por ella.

Pero no podemos comprometer nuestra fidelidad a Dios y a Su Palabra, ni lo haremos, en ningún intento vano de buscar «inclusión» de los que rechazan a Dios y se rebelan contra Su Palabra

Ni siquiera por una columna de invitado en The Washington Post.

1. Rushdoony, The United States: A Christian Republic  (Los Estados Unidos: Una república cristiana) Vallecito, CA: Chalcedon Foundation, 2000, 1.

2. Citado en el libro de Land, 153.

3. Rushdoony, The Messianic Character of American Education  (El carácter mesiánico de la educación norteamericana) Vallecito, CA: Ross House Books, 1963: edición de 1995, 335.

4. Rushdoony, The United States, 2.

5. Ibid., 3.

6. Ibid., 5.

7. Para mayor información sobre Gregory Paul, ver http://www.chalcedon.edu/articles/article.php?ArticleID=177

8. Karla Poewe, New Religions and the Nazis (Las nuevas religions y los nazis) Nueva York: Routledge, 2006. Para una revisión de su libro, ver http://www.chalcedon.edu/articles/article.php?ArticleID=254


Topics: American History, Constitution, The, Education

Lee Duigon

Lee is the author of the Bell Mountain Series of novels and a contributing editor for our Faith for All of Life magazine. Lee provides commentary on cultural trends and relevant issues to Christians, along with providing cogent book and media reviews.

Lee has his own blog at www.leeduigon.com.

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